lunes, 16 de abril de 2012

Otro cuento de Colombia

La ventana de Natalia

Natalia vivía en un hermoso pueblo llamado Tierrabuena, todos sus habitantes, vivían en paz y alegría, unos eran verdes, otros rosas, unos cafés, otros azules, en fín había de todos los colores.
Los habitantes de Tierrabuena que vivían en el campo cultivaban uvas, fresas, melones, naranjas, frutas de todos los colores y sabores.
Aunque todos los habitantes vivían en armonía, en ocasiones había pequeñas dificultades, como la vez en que la cabra de la familia Medina no dio leche rosada al ordeñarla, porque a su dueño se le olvido darle de desayuno pétalos de rosas frescas de esas que cultivaba la Señora Medina en su Jardín. Ese día la leche de la cabra Susana era blanca, pero los niños estaban acostumbrados a tomarla de color rosa, porque de ese color se ponían sus mejillas cuando la bebían. O cuando a Paulina la gallina no le dieron en su comedero las uvas moradas que cultivaba Don Adolfo, los huevos que Paulina la gallina puso ese día no tenía las acostumbradas manchitas violetas que a todos fascinaban y que hacían que todos los desayunos fueran más alegres y agradables.
También en una ocasión los habitantes de Tierrabuena estaban preocupados porque la cosecha de trigo no era de color café ya que al dueño del sembrado se le olvido regarla con agua achocolatada y azúcar, en los tiempos de sequía, así que ese año la cosecha de trigo no fue del color ni del sabor acostumbrado.
Las cosas no parecían estar saliendo como debían así que el alcalde del pueblo el Señor Edgar Bonachón, decidió como castigo a los descuidos, sacar una ley en donde todos debían cultivar como lo hacían en los demás pueblos, sin colores ni sabores diferentes. Esto provocó que los habitantes de Tierrabuena sintieran disgusto por las medidas que había tomado el alcalde, pues sin los acostumbrados colores en las comidas, también sus rostros cambiarían, las mejillas de los niños ya no serían rosadas, ni las familias se identificarían por su color; que panorama tan monótono, pensaban todos los habitantes.
Decidieron entonces unirse todas las familias y hacer una gran marcha con pancartas y letreros, con trompetas y silbatos, llegaron frente a la casa del Señor alcalde Edgar Bonachón, para pedirle que los dejara cultivar y producir alimentos de colores como lo venían haciendo, pues esto los hacia felices, que aunque ellos mismos lo habían elegido como alcalde y apoyaban sus ideas no estaban de acuerdo con su nueva ley. Repetían sus proclamas y pedían que el alcalde saliera, de pronto el alcalde se asomo por su balcón, estaba malhumorado y lucia pálido y ojeroso, pero comenzó su improvisado discurso.
- Eh, eh, eh. Queridos habitantes de Tierrabuena como autoridad principal de este pueblo, y como la persona que rige sus destinos he decidido eh, eh, eh, tras desvelos y trasnochos, como lo refleja mi pálido rostro, he decidido eh, eh, eh, que todos Ustedes pueden cultivar y producir como lo venían haciendo, pues yo mismo no me he sentido bien, mis mejillas palidecieron y mis deseos por comer disminuyeron, así que querido pueblo de Tierrabuena son Ustedes libres de cultivar como deseen con sabores, con manchitas y colores.
De pronto escuche un bostezo, y una ventana que se abrió era mi hija Natalia, se levantó de una cama corrió hacia la ventana para comprobar según ella si era verdad lo que había soñado, que vivían en un pueblito llamado Tierrabuena donde la comida era vistosa, los habitantes vivían felices, y las cabras daban leche color rosa es el mismo sueño que les acabo de contar a Ustedes.
Nubia Puertas Lozano
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